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El hablar en lenguas, 14:1-40
Estableciendo orden en el culto 14: 23-40

14:36-40 “¿A caso ha salido de vosotros la Palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? 37Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. 38Más el que ignora, ignore. 39Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar en lenguas; 40pero hágase todo decentemente y con orden”.


Las dos preguntas que el Apóstol hace son una espada de dos filos. Primero Pablo trata de probarles a los hermanos corintos que ellos no son ley en sí mismos. Evidentemente, había quienes querían discutir con Pablo sobre las lenguas, profecía e interpretación, pero el apóstol defiende su autoridad. Los corintios no debían pensar que eran ellos los que originaron el evangelio, o que eran los únicos poseedores de éste, o que eran la iglesia madre de las demás iglesias como para colocar reglas a las demás congregaciones. Debían estar conscientes que había otras iglesias en su mundo.

Los hermanos en Corinto se jactaban de ser espirituales: “si alguno se cree espiritual”, pero Pablo en el capítulo 3 les muestra que realmente no lo son: “pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? (1 Co 3:3). En la iglesia se manifestaba el Espíritu Santo y los dones sobrenaturales eran derramados, esto hacía que ellos sintieran que eran “profetas”. Pero el “profeta” era realmente un hombre que estaba bajo la influencia del Espíritu Santo y era capaz de enseñar la verdad divina y por tanto, reconocería que lo que decía el Apóstol Pablo procedía del Espíritu de Dios y que eran mandamientos de Dios. Quien no aceptara las palabras de Pablo no sería un profeta verdadero.

Pablo cierra el tema de las lenguas y la profecía. Él no desea ahogar el don de lenguas en nadie; lo que desea es que haya orden dentro de la iglesia. Insta a los hermanos a que profeticen. Que se esfuercen por ser capaces de enseñar el camino de Dios a los que no lo conocen, pues es el don que edifica a la iglesia.

Todo don tiene su lugar y operación propios; nadie envidie a nadie, nadie menosprecie a nadie, nadie impida a otro el hablar en lenguas. Recuerde quien habla en lenguas, lo hace para edificación propia. Por lo tanto, siga las reglas antes mencionadas. La norma que se establece es que los hombres han recibido de parte de Dios los dones que poseen, no para su beneficio, sino para edificación de la iglesia. Termina, este tema Pablo, diciendo: “Hágase todo decentemente y con orden”. Esta es una instrucción de infinita importancia. En la iglesia de Dios todo debería ser conducido con gravedad y compostura, dando a cada cosa, y acto la importancia debida, pues a quien se adora y sirve es a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo y se busca la edificación de todos los que asisten a la reunión.

¡Cuántos dolores de cabeza se evitarían las congregaciones si siguieran el principio que Pablo estableció para el uso de los dones de lenguas (glosolalia), profecía e interpretación de lenguas!

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