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1 CORINTIOS CAPÍTULO 4
La naturaleza de un servidor de Cristo 1 Co 4:1-4

4:1-4. “Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios”.


Con fluidez Pablo conecta el versículo anterior (3:23 “y vosotros de Cristo y Cristo de Dios”) con una palabra griega: houtós, que en español requiere de dos o tres palabras: “de esta manera” o “así, pues…” dando a entender que la diatriba anterior, donde redarguye a los corintios por su carnalidad en estar creando cismas, adhiriéndose a un bando apostólico o a otro, debe concluir con la expresión que introduce este capítulo: “somos servidores del Señor y mayordomos de sus misterios”. No se debe sacar del contexto la expresión, pensando que un apóstol tenía “revelaciones” únicas a las que nadie podría acceder. (hoy día los autonombrados apóstoles pudieran utilizar este pasaje para dar a entender que tienen algo que los demás carecen, entronizándose así como oráculos exclusivos de Dios).

La enfática “téngannos” es una orden clara, así nos deben tener los creyentes, no más, no menos. El pasaje, de hecho, marca lo contrario a ser recipientes de herméticas revelaciones; lo que el pasaje indica a modo de resumen es que tanto Pablo como Cefas (Pedro) o Apolos, son simplemente hombres servidores del Señor como cualquier otro. La palabra “servidores” en el griego es una palabra que se usaba para catalogar a un esclavo remero de barco, quien carente de personalidad era solo conocido por su número y que hacía igual trabajo que el que tenía al lado. La humildad de la expresión quizá contrasta mucho con los hoy denominados mega siervos de Dios. Así mismo Pablo indica que somos “administradores” o “mayordomos” (gr. oikónomos) de los misterios de Dios. El “misterio” aquí, no es otra cosa que el evangelio; de ninguna manera algún secreto extraño que sólo los apóstoles pudieran haber tenido. El predicar la salvación es administrar el misterio, que antes estaba oculto al entendimiento judío. Cuando uno predica la Palabra, en ese momento está administrando un gran misterio a las personas, expresión muy similar a la que Pablo usa en Col. 1:24-26.

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