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Instrucciones sobre la oración, 1 Timoteo 2

2:8 “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda.”


Pablo, después de presentar sus credenciales como predicador, apóstol y maestro, explica lo que debe ser el orden del culto. La frase “quiero pues” se empleaba en el judaísmo helénico para transmitir una nota de mando autoritativo, según dice J. N. D. Keely. Por tanto, este “quiero” equivale a “ordeno”. Cristo le dio al Saulo transformado, autoridad para instruir a la iglesia e inicia dando órdenes:

Que oren en todo lugar. Esta expresión es de lo más noble, pues procura que todos los varones creyentes mantengan una fe pública. La oración es indispensable en la vida de todo cristiano (1 Ts 5:16-18; Ro 12:12; Heb 4:16). Dios ha prometido bendiciones a sus hijos, pero solo las obtienen quienes las piden en oración. Entre los judíos había una superstición: ninguna oración sería aceptada sino se hacía en el templo. Cristo enseñó a la samaritana que no hay un lugar exclusivo para acercarse a Dios, pues Él está buscando adoradores que le adoren en espíritu y verdad (Jn 4:4-24). Esteban, el diacono, testificó que Dios no está sujeto a espacio (Hechos 7:1-53). Pablo manda a todos a orar en todas partes, porque todo lugar pertenece a los dominios de Dios. La oración pública, no deben de hacerla solo los clérigos o líderes, sino todos los hombres.

Que levanten manos santas, sin ira ni contienda. Levantar las manos al orar era una costumbre no solo entre los judíos (Sal 28:2; 44:21), sino también entre los paganos. La acción expresa petición y ruego y da la impresión de ser un esfuerzo para abrazar la ayuda solicitada, desear alcanzar a quien se ruega. Esas manos debían ser puras, libres de pasiones, lo cual es característico de los redimidos.

La oración es incompatible con los malos sentimientos del corazón. Jesús lo expresó en Mateo 5:23,24: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. La vida cristiana es teoría y práctica. Si en palabra el hombre es “santo”, con sus hechos debe mostrarlo.

El apóstol Santiago lo dice: “Pero alguien puede decir: Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por las acciones” (NBV Stg 2:18).







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