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Pablo perdona al ofensor, 2 Co 2:5-11

 2:5-11 “Pero si alguno me ha causado tristeza, no me la ha causado a mí solo, sino en cierto modo (por no exagerar) a todos vosotros. 6Le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos; 7así que, al contrario, vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza. 8por lo cual os ruego que confirméis el amor para con él. 9Porque también para este fin os escribí para tener la prueba de si vosotros sois obedientes en todo. 10Y al que vosotros perdonáis, yo también; porque también yo le he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he hecho en presencia de Cristo, 11para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones”.


El versículo 5 en su traducción literal dice: “si y alguno ha causado tristeza, no a mí ha causado tristeza, sino en parte, para que no sobrecargue yo, a todos vosotros”. ¿Quién habría causado tristeza a Pablo? En tiempo atrás los interpretes decían que se refería al hermano que estaba en la iglesia, del cual se hace mención en 1 Co 5:5, y que estaba en fornicación con la mujer de su padre (madrastra). Hoy en día hay muchas dudas que fuera este “hermano”. Algunos aluden que era una persona que se oponía al apóstol muy fogosamente la cual había sido disciplinada por la iglesia severamente.

Ninguno está en condiciones de aseverar quien era esta persona. Lo que si podemos decir es que le causó mucha tristeza a Pablo: “pero si alguno me ha causado tristeza”. Probablemente fue un insulto muy fuerte pronunciado en contra del apóstol o una afrenta dicha con desprecio hacía la persona de Pablo. Él fue entristecido más que todos por ese individuo, pero pone aparte su persona, a fin de que ninguno vea en él motivos egoístas tales como su autoridad desconocida. La ofensa hecha por “ese hermano” no solo la hizo a Pablo, sino a toda la iglesia: “De modo que sin un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan” (1ª Co 12:26).

Quién causo tristeza, no solo a Pablo, sino a toda la iglesia, ya había sufrido bastante: “le basta a tal persona esta reprensión hecha por muchos”. El castigo que la mayoría de los miembros de la iglesia habían infligido fue del todo suficiente. Se había puesto disciplina, pero algunos sentían que no había sido lo suficientemente severa y deseaban tomar medidas más rígidas e imponer un castigo aún mayor.

Vemos en los versículos siguientes el gran amor de Pablo hacía sus hijos en la fe. Dice: “vosotros más bien debéis perdonarle y consolarle, para que no sea consumido de demasiada tristeza”. Aquí da Pablo una prueba de su paternal ternura hacia aquel que le insultó. Se debía perdonar al hombre y confortarlo, no fuera que el remordimiento acabara con él. Al parecer el hombre se había arrepentido, estaba dispuesto al cambio y el apóstol ahora intercede por él. Sabias palabras de Pablo con referencia a esto: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, …” (Gálatas 6:1).  

Nota de carácter ético:

El deber del creyente no es el hacerse el fariseo, ni criticar, ni censurar con crueldad e implacablemente a otros hermanos que han pecado. Hasta los cristianos podemos jactarnos de no ser como el resto del mundo y mostrar cierto orgullo espiritual. Algunos hablan como ese fariseo del que menciona Jesucristo, el cual hablaba consigo mismo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lc 18:11,12). Desde luego que no se alienta ni fomenta el pecado, habrá casos que se deben disciplinar. Pero la disciplina siempre debe ser terapéutica. La exclusión temporal del ofensor es para salvaguardar a la congregación de verse involucrada en el pecado del ofensor y así asegurar su arrepentimiento y posterior retorno. Cuando un miembro del Cuerpo de Cristo comete pecado y se le ha reprendido; se ha arrepentido y se ha apartado del mal camino, entonces la obediencia a la ley de Cristo, exige que tal persona sea reintegrada en espíritu de mansedumbre, y que su familia espiritual (iglesia local) tengan presente su propia debilidad y la propensión de caer ante alguna tentación.

Parece que los hermanos en Corinto no estaban muy dispuestos a obedecer la ley de Cristo, pues Pablo les dice: “os ruego que confirméis el amor para con él”. ¿Cuál es la ley de Cristo? En Gálatas, el apóstol explica que es: “amarás a tu prójimo como a ti mismo… sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Ga 5:14; 6:2). Por este acto, algunos acusaban a Pablo de ligereza, titubeo e hipocresía.

Pablo insiste en que la iglesia debe perdonar y consolar al hermano pecador: “y al que vosotros perdonáis, yo también”. Saulo de Tarso muestra que su único interés en el castigo infligido al infractor fue que se enmendara. Si Cristo ya perdonó su pecado, ya actuó hacía su alma penitente, y le ha restaurado, también Pablo y la iglesia deben hacerlo.

Si el hombre que ha dado pruebas suficientes de su arrepentimiento, no fuere restaurado, puede ser abrumado por la pena y caer en la desesperación; entonces la disciplina de la iglesia no ha sido un correctivo, sino un medio de destrucción. Por eso Pablo expresa: “para que Satanás no gane ventaja alguna sobre nosotros”. Ya Satanás había ganado ventaja al provocar que el hermano en cuestión pecara y que la iglesia fuera indiferente hacia él. No se le podía dar más oportunidad al enemigo para seguir haciendo de las suyas en la iglesia (1 Pedro 5:8), era necesario “perdonar y restaurar” al hermano. El perdón es una conducta divina e indispensable en la familia espiritual.

Nota de carácter ético:

Este pasaje muestra principios prácticos:

1. Ninguna iglesia debe solapar el pecado entre sus miembros
2. La disciplina debe ser administrada bajo el liderazgo de la iglesia
3. Los propósitos de tal disciplina deben llevar al arrepentimiento del pecador y su transformación de conducta.
4. Una vez que el pecador ha hecho los cambios pertinentes la iglesia debe perdonarle y tratarle con afecto.
5. La dureza y la falta de compasión puede hacer que Satanás tome ventaja del hermano y lo lleve a conductas indeseadas.

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