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Ministros del Nuevo Pacto, 2 Co 3:1-18

 3:12-18 “Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza; 13y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. 14Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen e antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. 15Y aún hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo esta puesto sobre el corazón de ellos. 16Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará.17Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.18Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el poder del Señor”.


“de mucha franqueza”, esta expresión quiere decir: “con denuedo y valentía”. Pablo puede usar de total sinceridad en vista de que el evangelio no pasará. El corazón del apóstol está lleno de confianza, en base a los conceptos expresados en los versículos 6 al 8: “nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto… del espíritu… mas el espíritu vivífica… el ministerio de muerte fue escrito con letras en piedras y tuvo gloria… ¡cuánta más gloria tendrá el ministerio del espíritu!

“y no como Moisés” Pablo se apodera de otro detalle importante en la vida del gran patriarca, con el propósito de traer a la luz nuevas verdades sobre la diferencia entre las dos dispensaciones y, sobre la superioridad del ministerio del evangelio.

Cuando a Moisés le fueron entregadas por Dios las tablas de la ley, su rostro era resplandeciente, sin saberlo él, dado que había hablado con Dios. Al bajar del monte, Aarón y todos los hijos de Israel tuvieron miedo de acercársele. Cuando hubo terminado de entregar al pueblo las ordenanzas de Dios para ellos, debió poner un velo sobre su rostro, ¿Con qué objeto?, ¿A causa del esplendor? No, a causa de su debilidad, de su sentido carnal. Al parecer esta fue una acción simbólica, para representar los tipos y las sombras de que estaba cubierta toda la dispensación a la que habría de ministrar.

Pablo declara que Moisés usó el velo para “que los hijos de Israel no fijaran sus miradas sobre el fin de ese fenómeno pasajero, en el cual Pablo ve una figura de toda la economía antigua destinada a terminar y ser transformada.

Pablo menciona que el “entendimiento de ellos se embotó”, es decir, cerraron sus ojos a la luz que les era mostrada y se estancaron en dureza e insensatez de corazón. El velo que impedía ver el rostro de Moisés, es considerado como un símbolo del velo de oscuridad e ignorancia que está en los corazones de los judíos y el cual les impide entrar a la gloria del evangelio.

Es interesante leer como Pablo reconoce que el velo puesto sobre el entendimiento del pueblo judío solo puede ser quitado por Cristo. Cuando el pueblo de Dios se reunía en las sinagogas para leer la ley de Moisés, se cubría toda la cabeza con un velo llamado “tallith” (velo), y esta práctica era un símbolo de la oscuridad de sus corazones aun mientras estaban ocupados en sus deberes sagrados. Esto es claramente expuesto cuando el Señor Jesucristo leyó Isaías 61:1 en la sinagoga, según lo narra el médico Lucas en su evangelio (Lc 4:1-30). Jesús abrió el libro y leyó donde estaba la profecía acerca de su ministerio. Al enrollar el libro les dijo: “Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros”. Pero ellos no entendieron. Incluso, siguiendo la lectura en Lucas, los versículos 28 y 29 nos dicen: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle”. Su entendimiento estaba “embotado o endurecido”. La experiencia de Pablo es otra muestra del velo sobre el judío (Hechos 9:20).

Sin embargo, hay una esperanza: “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará”. Cuando la nación israelita se vuelva al Señor Jesucristo, será quitado el velo; brillará la luz verdadera, y lo verán todo con claridad. Aquí hay una evidentemente alusión al caso de Moisés, mencionado en Éxodo 34:34. El escritor de Éxodo nos dice: “Siempre que entraba (Moisés) a la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo mientras no salía. Al salir, les comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había ordenado decir. Y como los israelitas veían que su rostro resplandecía, Moisés se cubría de nuevo el rostro, hasta que entraba a hablar otra vez con el Señor” (NVI).

Así será cuando la nación de Israel regrese a hablar con el Señor Jesucristo, cuando lo acepten como el Cristo, el Mesías prometido, entonces le será quitado de sus corazones el velo de la ignorancia y la oscuridad, no antes de esto. Estos versículos parecen implicar que habrá una conversión del judaísmo al cristianismo y que será una conversión en masa, que llegará un momento en que toda la nación esparcida en todas partes de la tierra se volverá a Cristo. Esta profecía la podemos encontrar en pasajes como Jeremías 31:1-4; Hebreos 8:8-13 y Daniel 9:24. En aquel día que la nación completa se convierta, gentiles y judíos formarán un solo pueblo, un solo rebaño, bajo el mismo Pastor y Obispo de todas las almas: el Señor Jesucristo.  

Para Meditar

Estas instrucciones de Pablo encuentran aún una práctica seria y actual en el Cuerpo del Señor. Todo servicio que tiende a colocar nuevamente al pueblo evangélico bajo las sombras y la esclavitud de la ley, toda doctrina que “pone velo” a través de la sabiduría humana a la claridad de la verdad divina, peca contra los propósitos de Dios y contra el ejemplo del apóstol Pablo. De mil y una formas el velo de Moisés puede ser puesto de nuevo. Hay que entender bien que una sola cosa da al hombre la comprensión de la verdad y le pone en relación con la gloria divina del nuevo pacto: es la transformación del corazón (el nuevo nacimiento) y hasta entonces, hágase lo que quiera el velo de la ignorancia y oscuridad permanece.

En los versículos 1 al 6, Pablo ha presentado un contraste entre “ley y espíritu”; en los versículos 7 al 17 desarrolla el tema de “la ley y el espíritu”. Pero si la letra es la dispensación antigua de lo pasajero, ¿Qué es el Espíritu? “El Espíritu es el Señor”, el Señor Jesucristo. Él es el “fin de la ley” para justificación de todo aquel que cree. Jesucristo es la revelación perfecta y esencial de Dios, que por su naturaleza es Espíritu. En su calidad de Hijo de Dios es la revelación personal del Padre mostrando su amor por los hombres (Jn 3:16) y deseando que todos sean salvos (2ª P 3:9) y se conviertan en hijos de Dios (Jn 1:12). Es “espíritu” en contradicción a todos los requerimientos de la ley que se imponen al hombre como letra muerta; lo es igualmente en oposición a toda limitación natural e histórica que, haciéndole nacer según la carne en Israel, le hacía, por el tiempo de su vida terrestre, dependiente de la ley y siervo de la circuncisión (Gá 4:4; Ro 15:8).

Cuando el hombre se convierte a Cristo y le posee completamente, es libre. Pablo lo expresa: “porque donde está el Espíritu del Señor allí hay libertad”. Donde quiera que es recibido el evangelio allí se comunica el Espíritu del Señor, y donde habita y opera este Espíritu hay libertad, no solo de la esclavitud judía, sino de la ley del pecado (Gá 5:1; Is 61:1; Jn 8:31; Ro 6:22). El hombre regenerado se hace poco a poco espíritu, vida, por consiguiente, libertad (Jn 8:36; Ro 8:2,15).

El pueblo de Israel no podía mirar la cara del patriarca Moisés y, por lo tanto, se veía obligado a cubrirse el rostro. Pero se quitaba el velo cuando aparecía delante de Dios y Dios hablaba con él como un hombre habla a su íntimo amigo. Bajo la dispensación de la gracia todos somos Moisés, teniendo entrada al Padre en un mismo Espíritu. Ahora, los cristianos, contemplamos a cara descubierta las gloriosas promesas y privilegios del evangelio de Cristo y al mirarlas las anticipamos en deseo y esperanza y las tomamos por fe y somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen del varón perfecto.



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