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Ministros del nuevo pacto, 2 Corintios 4:1-6

4:5,6 - Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como vuestros siervos por amor de Jesús. 6Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para la iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo”.


El evangelio arroja luz sobre el tema de quien es Dios y lo revela como el Padre amoroso que envió a su Hijo a morir por el ser humano y así otorgarle vida eterna. Jesucristo dijo a los fariseos y escribas: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12). La misma nube que era “luz” al pueblo de Dios en el desierto, era “tinieblas” a los enemigos egipcios de Jehová que los perseguían(Ex 14:20).

“El evangelio de la gloria de Cristo” proporciona al hombre iluminación sobre la naturaleza y esencia de Cristo. Quien desea ver “la gloria de Dios” la puede ver en “la faz de Jesucristo” (Jn 14:7-9) quien es la “imagen de Dios” (Col 1:15; He 1:3). La proclamación del evangelio no se trata del hombre, ni su sabiduría ni su poder, se trata de Jesucristo, el Mesías, el Salvador del hombre. Pablo dice: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos”. Quien predica no trata de establecer su propia autoridad ni procura remuneración por lo que hace.

El verdadero evangelio proclama a “Jesucristo como Señor”, el autor de la vida y de este glorioso evangelio, el soberano y dueño de todo lo que existe, incluyendo especialmente a quienes trabajan para él, sus siervos. Lo proclamamos como Jesús el Salvador (Mt 1:21); el Mesías prometido (1ª Pedro 1:18); el Hijo de Dios (He 1:15); el Verbo encarnado (Jn 1:1,12,14); el Rey y Soberano de todo lo que ha sido creado, pues por Él fueron creadas todas las cosas (Col 1:15-19). En esto consiste el verdadero evangelio en “predicar a Jesucristo y a este crucificado” (2 Co. 2:1-5). Quien declara ser esclavo de Jesucristo lo es también de su Cuerpo, la iglesia.  

Nota ética

Quienes predicamos a Jesucristo somos “siervos por amor de Jesús”, es decir, somos sus esclavos en un servicio voluntario. El ministro es el heraldo del Cristo crucificado, y el Señor debe estar en el centro de su vida. El ministro cristiano debe buscar servir y no imponerse a los demás. Es de humanos desear controlar la vida de los demás, de imponerse sobre ellos y controlarlos aun usando la teología, lo que algunos hacen. Pero el verdadero siervo de Cristo, dice como Juan el Bautista: “es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3:30). Mientras más exaltado sea Cristo más desaparece el hombre y viceversa.



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