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La vida antigua y la nueva, Col 3:5-17

3:12-15 “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”.


Pablo pasa a dar su lista de las grandes “gracias” con las que deben vestirse los colosenses. El escritor empieza dirigiéndose a los creyentes como escogidos de Dios, consagrados y amados. Lo significativo es que cada una de estas tres palabras pertenecía en su origen, diríamos, a los judíos. Eran ellos el pueblo escogido, la nación consagrada y los amados de Dios. Pablo, el hebreo de hebreos, toma estas tres palabras preciosas, que habían sido posesión exclusiva de Israel, y se las aplica a gentiles. Así demuestra que el amor y la gracia de Dios se habían extendido hasta lo último de la tierra, y que ya no había en su soberanía una nación especialmente privilegiada.

“Vestíos, pues, … de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia”;

Es sumamente significativo notar que cada una de las características mencionadas tiene que ver con las relaciones personales. Pero las grandes virtudes cristianas básicas son las que gobiernan las relaciones humanas. El cristianismo tiene en su lado divino el inefable don de la paz con Dios, y en su lado humano la solución victoriosa del problema de la convivencia.

Misericordia: Pablo empieza por un corazón de piedad. Si había una virtud que necesitara el mundo antiguo era la piedad. El sufrimiento de los animales no se tenía en cuenta. Los heridos y los enfermos se liquidaban. No se hacía provisión para los ancianos. El tratamiento de los dementes y de los minusválidos era sencillamente despiadado. El cristianismo trajo la misericordia al mundo.

Los escritores antiguos definían la amabilidad, como la virtud de una persona que le llevaba a desear que el bien de su prójimo fuera tan bueno como el suyo. La bondad es a veces rígida; pero también amable, aquella que mostró Jesús con la mujer pecadora que le ungió los pies (Lucas 7: 37-50). No cabe duda de que Simón el fariseo era un buen hombre, pero Jesús era más que bueno.

Humildad: En el griego clásico no había una palabra para humildad que no contuviera el matiz de servilismo; pero la humildad cristiana no es algo rastrero. La humildad se basa en la creencia de que todos los seres humanos son hijos de Dios; y no hay lugar para la arrogancia cuando estamos viviendo entre semejantes que son todos de linaje real.

La paciencia, es el hecho de no ser impacientes con los demás. La torpeza y la insensatez no le producen cinismo o desesperación; los insultos y los malos tratos recibidos no le hacen resentido ni enojado. La paciencia humana es un reflejo de la paciencia divina, que soporta todo nuestro pecado y nunca nos desecha.

“soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro”. El cristiano soporta y perdona, porque el que ha sido perdonado debe perdonar siempre. Como Dios le perdonó, así debe perdonar a los demás, porque sólo perdonando se puede ser perdonado.

Pablo añade una más a las virtudes y las “gracias”: la que él llama el “vínculo perfecto del amor”. El amor es el poder que vincula y mantiene unido todo el cuerpo de Cristo. La tendencia de cualquier cuerpo de personas es a disgregarse tarde o temprano. El amor es el único vínculo que puede mantenerlas en una comunión inquebrantable.

“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones”, Entonces Pablo usa una alegoría: Que la paz de Dios sea la que lo decida todo en los corazones de los creyentes. Lo que quiere decir literalmente: Que la paz de Dios sea el árbitro en el corazón. Usa un verbo que viene del campo de los deportes; es la palabra que se refiere al árbitro que decide las cosas discutibles. Si la paz de Cristo es el árbitro en el corazón, entonces, cuando los sentimientos estén en conflicto y haya un impulso en dos sentidos opuestos, la decisión de Cristo nos mantendrá en el camino del amor, y la Iglesia se mantendrá como el cuerpo que está destinada a ser. El camino del recto proceder es nombrar a Jesucristo árbitro entre las emociones conflictivas del corazón y aceptar las decisiones divinas. Así no erraremos.

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