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Pablo se despide de los ancianos de Éfeso, Hch 20:17-38

Hechos 20:25-31
“Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino de Dios, verá más mi rostro. Por tanto, yo os protesto en el día de hoy, que estoy limpio de la sangre de todos; porque no he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno.”


Debió haber sido algo muy difícil para Pablo decirles a los hermanos que amaba y apreciaba tanto, que ya no los vería más. Pero fue imperante pronunciar una trascendente declaración: “estoy limpio de la sangre de todos”. Pablo quería recalcar que él les había enseñado todo lo que pudo en el tiempo que estuvo con ellos y que ahora era responsabilidad de ellos obedecer la Palabra de Dios. De alguna manera su declaración es una advertencia para que todos los “obispos” pudieran decir lo mismo en su tiempo y en todos los años siguientes, hasta la venida de Cristo.

Nota Doctrinal

La palabra “obispo” proviene del griego episkopos y se aplica a quien es pastor. Fuertemente se recomienda leer el Artículo “Los Obispos y sus deberes” en la Biblia de Estudio Pentecostal pág. 1554, publicada por Editorial Vida, Deerfield FL, 1993. Así como los requisitos morales de los obispos en la pág 1740 de la misma Biblia.

Tal como Pablo hizo con ellos (Hch 19:10), ahora era su turno como pastores (obispos), de cuidar y nutrir espiritualmente a las iglesias locales de las cuales ellos eran responsables. También les recordó que la iglesia no les pertenecía, sino que le pertenecía a Cristo, quien la había comprado a precio de sangre.

Por último, les enfatizó el precio que ellos también tendrían que pagar. Tendrían que dedicar tiempo y hasta lágrimas para cuidar al rebaño de Cristo de los “lobos rapaces” y los falsos maestros (Mateo 7:15). Les advirtió que no se debían sorprender que algunos de estos falsos maestros salieran de en medio de ellos, por lo cual siempre deberían estar vigilantes.



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