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Realmente, Pablo estuvo poco tiempo entre los tesalonicenses (Hch 17:1-9). Sólo 3 sábados en la sinagoga, y unas semanas más, probablemente, en la casa de Jasón, pues luego tuvo que salir apresuradamente hacia Berea, que no estaba muy distante. En esas semanas Pablo y Silas convivieron diariamente con los nuevos creyentes y se dieron cuenta de las costumbres y hábitos, que en muchos de ellos no eran muy encomiables, por lo que no debe extrañar que lanzara todas estas arengas. Útiles en su tiempo y muy útiles ahora.
El creyente debe ganarse el pan con el trabajo honesto de sus manos. La exhortación paulina en este asunto del trabajo tiene sentido, porque el ejemplo de Jerusalén, tal vez, cundió a los campos nuevos, cuando surgían las iglesias en un ámbito de amor, en donde los hermanos “tenían en común todas las cosas” (Hch 4:32b). Las raciones diarias de alimentos eran administradas por los diáconos y los líderes de la iglesia. Quien no trabajaba para el bien común, era una carga muy difícil para la iglesia que vivía en comunas, a veces subterráneas, como las llamadas catacumbas en Roma. (1 Co 9:14)