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La amistad con el mundo Stg 4:1-10

4:2,3 “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”.


Los creyentes a los que Santiago escribe estaban quebrantando el décimo mandamiento que Moisés registró en el libro del Éxodo (20:17) y luego ratificó en Deuteronomio (5:21): “no codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”: Codiciáis, expresa Santiago, y por esa avaricia apasionada, no tenéis.



Nota histórica

En los Estados unidos, y por rebote en todo el mundo, se vivió una terrible crisis financiera, entre los años 2008-2010 que se semejó a la histórica “gran recesión” que se vivió entre 1929-1933, que puso al país de rodillas, física y espiritualmente. En la crisis reciente, un buen número de bancos quebraron, grandes compañías se declararon en bancarrota, la bolsa de valores se vino abajo, cien miles de personas perdieron sus casas y millones sus ahorros. Cuando se hizo un resumen de lo acontecido, surgió una palabra en letras gigantes: ¡CODICIA! (¡GREED! en inglés, que aparecía en periódicos y revistas y medios de comunicación). Las grandes compañías codiciando ganancias excesivas; los compradores con pocos ingresos, comprando casas grandes con pagos bajos, que luego dejaron, porque casi no habían pagado enganche; los ahorradores de clase media buscando ganancias exageradas; y así, una pendiente en cascada que arrastró a media humanidad.

Santiago, al dirigirse a los habitantes de hace 2000 mil años, en condiciones de desarrollo muy limitadas, comparadas con las nuestras, revela que la condición humana no ha cambiado, aunque los avances sean muchos: Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis. Y que mucha de la condición cristiana tampoco: no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

Santiago avanza en señalamientos diciendo “matáis y ardéis de envidia”, para hacer notar la fuerza y la pasión de anhelos equivocados. La codicia carcome los valores de la persona y le produce sentimientos que se arraigan y lo llevan a pecar. No habla de homicidios literales, pero, no se necesita matar físicamente a una persona, para causarle daño emocional o intelectual, que desemboca en daños físicos, pues se dañan los nervios que alteran la conducta. Tristemente, Santiago está dirigiéndose a creyentes.

El hermano del Señor agrega: “combatís y lucháis” para hacer énfasis en la lucha interior que se da en los seres humanos por materializar los deseos, ya sean económicos o por obtener una posición. Así era el caso de estos creyentes, sus luchas no producían fruto: “pero no tenéis lo que deseáis”, a lo que añade el siervo del Señor “porque no pedís”. Se habían salvado y conocían que hay un Dios verdadero, mas se olvidaban de Él. Las palabras de Jesús en el sermón del monte fueron muy claras “pedid y se os dará” (Mt 7:7,8); sin embargo, no recibían: “pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. Sabían que estaban errados y cuando se acercaban con peticiones o deseos que contribuían a los placeres, deseos, o gustos de ellos, no eran atendidos por Dios.

Para Meditar

Al creyente contemporáneo le puede ocurrir lo mismo, cuando presenta peticiones a Dios y no obtiene una respuesta favorable. Santiago deja claro que en ocasiones es por la falta de oración sabia y permanente. Vendría bien recordar las palabras de Jesús en tal caso: Mateo 7:7-11 revela la disposición de Dios para suplir. El creyente debe analizar su vida a la luz de la Palabra de Dios y así encontrar respuesta a sus propósitos, deseos y anhelos que coincidan con el respaldo y sabiduría Divina. Hay que recordar que Dios sólo escucha la oración de los justos (Salmos 34:13-15; 66:18,19) de quienes lo invocan en verdad (Salmo 145:18) y de aquellos que piden conforme a la voluntad divina (1 Jn 5:14)

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