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1 Juan 1:7 “Pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”.


En el versículo anterior queda claro que, puesto que Dios es luz y no hay ni una pizca de tinieblas en Él, todos los que están fuera de Él (las criaturas), por consiguiente, son pecadores. Esto significa que aún el pecado más pequeño que pudiera considerarse, aun ese al que nadie considera una falta grave, separa al pecador infinitamente de Dios. Un ejemplo de ello: Si una persona está distante de otra por un kilómetro, le puede parecer que está bastante lejos de su vista; pero si a ambos se les compara con la lejanía del sol (unos cinco millones de kilómetros), la distancia que existe entre ambos no es nada. Lo mismo sucede con Dios y todos los demás. Lo que alguien puede considerar un pequeño pecado le hace tan pecador como un asesino; tan asesino, como lo fueron Hitler y otros malvados de la historia.

¿Qué ofrece Dios para solución de la condición humana? Aquí está: “Pero si andamos en luz, como él está en luz…”; la solución a este gran problema es andar en luz, es decir, tener comunión con la luz. La comunión con la luz hace a todo cristiano un cristiano santo. Le eleva a los lugares celestiales con Cristo Jesús (Efesios 2:6), su santidad relativa deja de ser un problema para ser llamado santo, al tener comunión con la luz. Los apóstoles dejaron todo cuanto tenían para tener comunión con Jesús, porque entendieron que esa comunión lo era todo. Pues Cristo dijo: “Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará” (Jn 12:26).

Y ¿dónde está Jesús ahora? En el cielo. Pues si alguno permanece en comunión con Jesús (siendo su seguidor y su servidor), donde Cristo esté, ahí también él o ella estarán. Y ¿cómo se puede conocer que alguien está en comunión con Cristo? El Señor puso un comprobante: “Tenemos comunión unos con otros”, es decir, que el creyente permanece en obediencia al mandamiento de Cristo:“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34). La comunión con los hermanos es indispensable para la comunión con Cristo, y la comunión con Cristo es indispensable para tener comunión con Dios (1 Ti 2:5), para un día entrar al cielo y estar con Él para siempre.


“la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado”. Ahora bien, en esta ecuación falta el elemento más importante, ¿cómo podría un pecador lograr cumplir el mandamiento de Jesús? La sangre de Jesús es aquello, por medio de lo cual todo ser humano puede entrar en la comunión con Dios:“en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Ef 1:7); "por medio de Él reconciliar ...haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”(Col 1:20). Y estando en comunión con Dios, lo que mantiene al que ahora es catalogado como santo, es la comunión con sus hermanos.

Y ¿Por qué es catalogado como santo? Por causa de la comunión con Cristo, porque la sangre de Jesús le limpia de todo pecado. Es decir, ya no tiene pecado ante Dios por causa de la comunión con Jesús lograda mediante la sangre de Su cruz: “pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado” (1 Pedro 4:1). ¿Cómo es esto de que terminó?, del griego pauo, que significa también, “detuvo”. Quiere decir que el pecado ya no opera, ya no impera, ya no gobierna, es dejado sin efecto. Por tanto, el cristiano es introducido en una vida de santidad.

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