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1 Juan 3:16-18 “En esto hemos conocido el amor, en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. 17 Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? 18 Hijitos míos, no amamos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad. ”


Juan procede entonces a definir más exactamente lo que significa amar al prójimo, a fin de que no existan ambigüedades al respecto. Porque para alguno «amar al prójimo» podría significar simplemente no hacerle daño o no hacerle tanto daño; para otro significará tratarlo bien, aunque en un nivel inferior; para otro amar al prójimo significa mantener la paz con él, etc. Si no se define exactamente lo que significa amar al prójimo, entonces sería fácil que cada uno tuviese su propia definición de lo que esto significa, y con gran facilidad podría cada uno creer que está cumpliendo con el mandamiento cuando en realidad no es así.

El Apóstol recuerda una verdad trascendental: «En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos» (v. 16). El amor consiste en poner la vida, es decir, morir por los hermanos, tal y como Cristo murió. Esto significa el sacrificio del tiempo y del dinero, del prestigio personal, de las amistades, de la comodidad, del esfuerzo y el trabajo que sea necesario, etc. Si la vida del cristiano pertenece al Señor, ésta será administrada para sacrificarla por el prójimo tanto como sea Su voluntad, haciendo las veces de Cristo mismo en la tierra. No significa que siempre será morir físicamente por alguien (aunque pueda darse el caso, si así Dios lo quiere), pero significa estar dispuesto a ello de ser necesario.

Esto desde luego no puede entenderse sino cuando se posee el amor ágape, el amor divino, el amor que procede del Padre; no de una pasión de concupiscencia, ni de un amor propio disfrazado. No se refiere a un amor pasional ni a un amor irracional, sino única y exclusivamente al amor que procede de Dios. En otras palabras, significa una muerte total al yo; una vida de humildad y de obediencia completa al Señor. Únicamente el que ha muerto a sí mismo puede amar como Cristo, y estar dispuesto a ser crucificado como Él lo fue por amor al hermano. Es una condición difícil, pero así lo presenta la Palabra.

Inmediatamente, el Apóstol procede a poner un ejemplo práctico en este sentido. Dice que, si alguno ve a su hermano en necesidad y que, teniendo el poder para ayudarle, no lo hace, «¿cómo mora el amor de Dios en él? Por tanto —continúa diciendo el Apóstol—, el amor nunca podrá ser algo teórico, pues su naturaleza pragmática es insustituible. Es común en algunas iglesias escuchar a quienes tienen capacidad para disertar con elocuencia sobre el tema del amor, pero no están dispuestos a mover un solo dedo para ayudar al prójimo (Mt 23:4).


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