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1 Juan 3:4-6 “Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley. 5 Y sabéis que Él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en Él. 6 Todo aquel que permanece en Él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. ”


Se hace necesario entonces definir en qué consiste esta pureza (v. 3): consiste en no cometer pecado. Y ¿en qué consiste el pecado? En infringir la ley, ¿cuál ley? La ley de Cristo, la ley del amor. Toda la ley de Dios se resume en el amor a Dios y el amor al prójimo, y se explica en múltiples pasajes de las Escrituras. Por tanto, todo ser humano puede conocer cuál es la voluntad de Dios para su vida, y no existe excusa alguna que pueda ser válida al decir que no sabía o que no entendía claramente lo que Dios quería de él o de ella. Así, toda infracción de la ley es pecado. Es responsabilidad de cada uno ir a la Palabra de Dios para tener certeza de lo que el Señor quiere de sus seguidores. Esta ley es aplicable por todas las generaciones, pues, dijo Cristo, no puede ser quebrantada (Jn 10:35) y permanece para siempre (1 P 1:25).

Guardar la ley de Dios para aquellos que no le conocen es un imposible, y tienen razón, pues Cristo lo dijo: «No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos» (Mt 7:18). Por tanto, todo aquel que no es nacido de Dios, que no ha sido salvo, no podrá dar frutos para Dios, pues el Espíritu no está en él o ella. No obstante, dice Juan, que Cristo apareció precisamente para hacer posible este imposible (v. 5). Apareció para quitar los pecados de todo aquel que cree con su sangre preciosa. El pecado entonces, cuando el ser humano es nacido de nuevo, deja de ser un enemigo invencible; pues dicen las Escrituras: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Rom. 6:14). ¿Por qué ocurre esto? Por causa de Cristo, porque Cristo quita el pecado del ser humano que se arrepiente y cree en Él. Y Juan añade, «y no hay pecado en él», esta última frase abre la puerta a una profundidad teológica: que la razón por la que Cristo Jesús pudo vencer, subyugar y quitar en un solo día el pecado del mundo (Zac. 3:9) fue precisamente porque vivió una vida sin pecado.

Así, al transformar espiritualmente a un ser humano, aunque no significa que éste pierde la sensibilidad y el deseo de pecar completamente, sí le es otorgado el poder de Dios para vencer al pecado en su vida, tal y como Cristo venció, pues Éste le ha hecho partícipe de su vida y del mismo Espíritu que estuvo en Él cuando anduvo sobre la tierra. Por tanto, dice Juan: «Todo aquel que permanece en él, no peca» (v. 6), es decir, habiendo entrado a una vida de victoria contra el pecado por causa el nuevo nacimiento (efectuada en el individuo mediante el arrepentimiento y la fe), ahora lo que lo mantiene en esa victoria es sencillamente permanecer unido a Cristo, y así, dice Juan, que todo aquel que está unido a Cristo no peca.

El pecado, evidentemente, se refiere a un pecado consciente, deliberado, que lleva a no tener parte con Cristo (Heb 10:26). Quien practica el pecado habitualmente es que todavía no es salvo, o bien, se trata de alguien que, habiendo sido salvo, ha vuelto al pecado —como también lo dice Pedro en su epístola segunda, (2 P 2:22). ¿Y qué de aquel que por descuido ha pecado? «abogado tenemos para con el Padre…» (1 Jn 2:1), pero, el tal sepa que todo pecado erosiona su relación con Cristo y no será sin daño.


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