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Hijos de Dios 1 Juan 3:1-24

1 Juan 3:1-3 “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él. 2 Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es. 3 Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro.”


Juan hace un llamado a la reflexión personal, ¡mirad! Que los redimidos se asombren sobremanera en cuanto al amor de Dios. David escribió por el Espíritu respecto a las obras del Creador y dijo: «Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien» (Sal 139:14). Las maravillas de Dios pueden observarse en su creación física, la cual es tremendamente maravillosa, desde la formación de un bebé en el vientre, por ejemplo, hasta el espacio estelar insondable e infinito; pero existe una maravilla aún mayor: «Que seamos llamados hijos de Dios», es decir, el nuevo nacimiento. Pero este nuevo nacimiento —el traslado del reino de las tinieblas al reino de la luz (Col. 1:13)—, es una maravilla que nadie que aún no haya conocido a Dios puede entender. Es así que el mundo, es decir, todo aquel que no ha experimentado este nuevo nacimiento, rechazará y expulsará lo que no es suyo; como lo dijo Jesús: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Juan 15:19).
Así como a Él no le conocieron, así tampoco a los que de Él han nacido, conocerán. Así como el mundo crucificó a Jesús por no conocerle, así se puede esperar que el mundo crucifique a los hijos de Dios, nacidos de Cristo: «Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?» (Lucas 23:31).
Sin embargo, ser hijo de Dios en esta tierra implica un misterio: «no se ha manifestado lo que hemos de ser» (v.2). Existen muchas preguntas respecto al más allá, a lo que será exactamente después de esta vida. Seguramente la vida eterna con Cristo es algo muy distinto a la vida que ahora se vive en la tierra, pero de ello nadie aquí lo sabe. No obstante, dice el Apóstol, de una cosa si hay certeza, «seremos semejantes a Él, porque le veremos tal y como él es».
Pero eso será hasta que se manifieste el Hijo del Hombre en las nubes del cielo, es decir, en la resurrección de los justos. Dice la Biblia: «He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados» (1 Cor 15:51). Pablo también dice que es un misterio, algo de lo cual no ha sido revelado mucho. Juan dice por el Espíritu, «le veremos tal y como Él es». ¿No es este el Juan que vio a Cristo con sus propios ojos? Le vio a diario durante el tiempo de su ministerio en la tierra; todos sus gestos y movimientos, todas sus palabras y sus reacciones, etc. También le vio en su cuerpo glorificado. Sin embargo, él dice: «Le veremos tal y como Él es». Es decir, habla de algo mucho mayor de lo que le es posible al ser humano percibir con los sentidos que ahora tiene (incluyendo los sentidos espirituales). Algo de lo cual es posible imaginar que será increíblemente bello y maravilloso.
No obstante, siendo que existe esta esperanza en el cristiano, le conviene vivir en santidad, purificarse. Como dice también Pablo: «puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2 Cor 7:1). Tanto Pablo como Juan hablan algo que toca hacer al cristiano: acudir a la fuente inagotable de la sangre de Cristo, y llenarse del Espíritu Santo (Ef 5:18). Pues sólo los puros tienen parte con Cristo, pues Él es puro.


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