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Un mensaje transmitido ya en su evangelio acerca de nuestro Señor “y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Jn 1:14), lo cual lleva a la comprensión que era necesario que se manifestara al mundo su gran amor, a través del único ser perfecto para hacerlo y esto es su Hijo Jesucristo. Somos dichosos de tenerlo presente en nuestra vida como Señor, como Salvador, como Abogado y como un fiel Amigo. Y nosotros como sus seguidores, somos llamados a confesarlo delante de las personas que aún no han venido de las tinieblas a la luz.
Es allí donde radica la primicia de que “todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.” Estas palabras nos trasladan a lo dicho por nuestro Señor Jesucristo: “… cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y … cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt 10:32,33). Es nuestro deber y privilegio anunciarlo, y así obtener grande galardón en el reino de los cielos.
El amor no como un sentimiento sino como una realidad de la nueva naturaleza en el creyente, es lo que el apóstol Juan quiere enfatizar en estos versículos. Esto significa que no solamente “hemos visto y testificamos” sino que también “hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros”, nuestro corazón y mente le pertenecen al Señor. Claro está que si el creyente cede al entorno puede caer en el lazo del maligno, pero si se mantiene firme en aquel que lo tomó como hijo, entonces su fe radica en que “Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él”, estableciendo así una comunión inquebrantable con el Padre.