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2 CORINTIOS CAPÍTULO 3
Ministros del Nuevo Pacto, 2 Co 3:1-18

 3:1-3 “¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, como algunos, de cartas de recomendación para vosotros, o de recomendación de vosotros? 2Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; 3siendo manifiesto que sois cartas de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón”.


En el capítulo anterior Pablo defendió su propia sinceridad y ha dicho que es competente para predicar el evangelio que tiene efectos para vida o para muerte. Lo anterior, probablemente, sonó como alabanza propia y era una de las causas que los enemigos del apóstol tenían contra él. Lo culpaban de orgullo y del tono de autoridad con que escribió la “carta severa”.

Pablo se comparó con los falsos apóstoles en los versículos anteriores y ahora dice: “¿comenzamos otra vez…? Esta frase no implica una autoalabanza, sino que continua con el pensamiento de 2:14-17: “… Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús….” Sus adversarios le acusaban de jactancia, pero el apóstol rechaza ese pensamiento, diciendo: “¿o tenemos necesidad de cartas de recomendación?, Saulo no necesitaba cartas en Corinto. Sus capacidades ministeriales y la influencia divina en la que ejercía el ministerio eran tan notables, que no necesitaba de “credenciales” para ser recibido en las diferentes iglesias que visitaba.

Debe recordarse que esas cartas eran frecuentes en la iglesia primitiva como se lee en Hechos 18:27: “Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; …”. También en Romanos dice: “Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia de Cencrea” (Ro 16:1).

Ya anteriormente, el apóstol, había dicho que Dios les hacía triunfar, por Cristo, en cada lugar donde era predicado el evangelio y ahora menciona que la conversión de los corintios era un sello tan evidente de su ministerio que no dejaba duda que Dios estaba con él: “Nuestra carta sois vosotros”. Ellos, los corintios, habían sido transformados asombrosamente: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones. Ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto eráis algunos; más ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1ª Co 6:9-11). Pablo amaba entrañablemente a los corintios, tanto, que los llevaba grabados en su corazón. Por doquier que iba, hablaba constantemente de ellos, de como se convirtieron, cómo el Espíritu Santo había dado dones y gracias a cada uno y cada día crecían en el conocimiento del evangelio.

Cada cristiano es “una carta de Cristo”. El cambio producido en las vidas de los corintos y la salvación que recibieron son tan evidentemente obra de Cristo, como una obra que escribe o dicta un autor, la cual le pertenece. Es interesante la figura que utiliza Pablo: “sois carta de Cristo expedida por nosotros”. Los corintios eran la carta, el contenido, pero Cristo utilizó a Pablo como instrumento o pluma. Cristo dictó y Pablo escribió en el corazón. La escritura no fue con “tinta” sino con algo más valioso: “con el Espíritu del Dios vivo”.

El auténtico evangelio que predicaba Pablo inscribía el nuevo pacto, “no en tablas de piedra sino en tablas de carne del corazón” (Jer 31:33; Ez 36:26). La ley no ha sido anulada por el evangelio, más bien éste provee el medio para ser cumplida la ley de Dios, a saber, el poder del Cristo resucitado que es el Espíritu Santo. Solo así el hombre puede cumplir con la ley: “porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree” Ro 10:4.  

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