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Porque Cristo pudo haber pecado, pero Él se resistió a rebelarse a la voluntad de su Padre y sufrió hasta la sangre. No así ustedes —dice Hebreos—, que “aún no habéis resistido hasta la sangre”. ¡Qué tan serio es el asunto del pecado! ¡Qué tan firme el cristiano debe estar en Cristo para estar dispuesto aun a padecer torturas antes que ceder! El caso de José es un ejemplo, pues estuvo dispuesto a ir a la cárcel injustamente, antes que ceder a la tentación. Los jóvenes hebreos estuvieron dispuestos a morir antes que inclinarse por unos momentos ante otro dios (Dn 3:4-18); a Mardoqueo se le había preparado una horca de más de veinte metros de altura (Est 5:14), pero él no estuvo dispuesto a inclinarse ante un hombre.
Quien niega a su Señor pensando que luego logrará “arreglar” el asunto ingresa en un terreno de maldición. Si alguien pensara en negar a Cristo con tal de salvar su vida, para luego servirle, está cometiendo un grave error. Pues es necesario combatir contra el pecado. El pecado debe ser siempre el enemigo del cristiano, y jamás materia de complacencia, pues nos dice: “quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Rom 1:28ff). Y siendo que es preferible ser torturado que pecar, la lucha no es “contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef 6:12). Contra el tentador, cuyo objetivo es hacer pecar al cristiano, tal y como trató de hacer pecar a Cristo mismo.