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Lucas menciona en Hechos, a la iglesia de Antioquía hasta catorce veces, dándole la misma importancia que a la de Jerusalén, al resaltar el mover del Espíritu Santo en la vida de sus dirigentes. Hasta aquí, la iglesia se había expandido sólo un poco más allá de los límites de Palestina, siendo ajena a todo esfuerzo misionero formal.
Los dirigentes de la iglesia de Antioquía, por este tiempo, eran los profetas y maestros, quienes tenían a su cargo la proclamación del mensaje de Dios. En el caso de los profetas, compartían la Palabra por revelación directa del Espíritu Santo y a menudo predecían acontecimientos venideros; en el caso de los maestros, eran hombres habilitados por el Espíritu Santo para exponer y explicar la palabra de Dios de una manera sencilla y comprensible.
Bernabé es presentado en primer lugar, quizás por ser el más antiguo en la fe o en el servicio a Cristo, luego Simón el que se llamaba Níger, un judío que había adoptado un nombre latino cuyo significado era negro, y quizá se tratara de un judío procedente del norte de África. Lucio de Cirene era probablemente uno de los hombres de Cirene que llegaron a Antioquía, predicando al Señor Jesús (11:20), y pariente de Pablo (Rom 16:21). Manaén, quien fue criado junto al malvado Herodes Antipas, mencionado como “el tetrarca” por haber gobernado la cuarta parte del reino de su padre. Era costumbre en la cultura greco-romana, que los poderosos confiaban sus hijos a nodrizas y cuidadores (Gá 4:1-2), quienes se hacían cargo de su crianza y educación; generalmente eran esclavos fieles que los cuidaban junto a sus propios hijos.
El historiador Josefo dice: “Antipas fue criado en Roma por cierta persona privada”.
Qué contraste observamos en estos “hermanos de crianza”, por un lado, y como ya se expuso en el capítulo previo, tenemos a un reyezuelo orgulloso y cruel con sus súbditos, así como perseguidor acérrimo de los líderes de la iglesia de Antioquía. Manaén, un dirigente de una iglesia ejemplar que no sólo conoció a Herodes Antipas, sino que junto a él se alimentaron de la misma madre, jugaron y crecieron juntos, pero Manaén escogió un camino diferente y usó su posición e influencia para bendición de la obra.
Saulo, aunque se menciona hasta el final, llega a ser el cumplimiento de la máxima de Cristo: “los postreros serán primeros”.