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Al no haber un acuerdo y cada uno defendiendo su postura, pues cada grupo consideraba tener la verdad y ninguno quería cambiar de opinión, sino que a través de la violencia querían arreglar este asunto, tuvieron que entrar los soldados y sacarlo inmediatamente, llevándole de regreso a la fortaleza.
El tribuno no encontró la solución que buscaba, pues sabía que Pablo era romano, que no se le culpaba de delito político, por lo que no tenía motivos para tenerle cautivo, pero para evitar una revuelta judía por causa de Pablo, quería que los judíos los juzgaran por alguna razón de su religión, lo cual no sucedió.
Pablo sabía que el concilio estaba en su contra y ningún argumento sería suficientemente válido para declararlo inocente, su atrevimiento había dado resultado al identificarse como fariseo y su fuerte creencia en la resurrección. Por lo menos, la disensión en el concilio, había evitado que fuera castigado, como años atrás ese mismo concilio había juzgado a Jesús y también, por una falta similar habían quitado la vida a Esteban. (6:10-15)
Aunque la iglesia de Jerusalén lo había recibido con gozo, Pablo veía todo negro, tal vez necesitaba saber como ocurrió con Pedro, que la iglesia estaba orando toda la noche por él.
Parecía que ahí terminaba todo y que su sueño de ir a Roma no se cumpliría, pero ¡qué maravilla! A la siguiente noche se le apareció Jesús, en una visión con las palabras más confortantes que un ser humano desearía escuchar: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.”
Jesús no le dijo que todo iba a ir bien, tampoco le prometió quitar a sus enemigos, pero que sencillamente estaría con él. Si se hace un recuento de todas las ocasiones, es única la experiencia del apóstol a los gentiles:
• En el camino a Damasco, cuando lo escogió Jesús como su instrumento especial a los gentiles (Hch 9:3-16).
• Dando testimonio que en Jerusalén, el Señor le ratificó que allí no recibirían su testimonio, pero entre los gentiles sí (22:18-21)
• En Corinto, cuando fue rechazado fuertemente por los judíos (18:9,10)
• En Jerusalén, al terminar su tercer viaje y ser encarcelado, Jesús le exhortó a tener ánimo, pues tendría que llegar a Roma (23:11)
• En medio del largo y peligroso viaje a Roma, Jesús le envió un ángel para darle la seguridad que junto a sus acompañantes, incluyendo Lucas, sería librado (27:23-26)
• Cuando en 2 Corintios 12, cuenta de haber sido arrebatado hasta el tercer cielo y para que manejara correctamente la grandeza de las revelaciones, le fue dado un aguijón y la promesa de “bástate mi gracia”
Las dulces palabras de Jesús, susurradas a los creyentes en sus tribulaciones, han confortado a través de los siglos, en días grises, en momentos de angustia y dolor, cuando parece que todo ha terminado, ya sea a través de la Palabra, de un sueño, o a través de un hermano, han sido las mismas: “bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”